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miércoles, 31 de julio de 2019

EL HIJO DEL CARPINTERO Por Vincenzo Alfredo Iannace

EL HIJO DEL CARPINTERO
Por Vincenzo Alfredo Iannace
Del santo Evangelio según san Mateo 13, 54-58
En aquel tiempo viniendo Jesús a su patria, les enseñaba en su sinagoga, de tal manera que decían maravillados: ¿De dónde le viene a éste esa sabiduría y esos milagros? ¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? Y sus hermanas, ¿no están todas entre nosotros? Entonces, ¿de dónde le viene todo esto?» Y se escandalizaban a causa de Él. Mas Jesús les dijo: «Un profeta sólo en su patria y en su casa carece de prestigio». Y no hizo allí muchos milagros, a causa de su falta de fe.
En este caso amigo lector, el hijo del carpintero se llama Enrique, su madre María, su padre Salvatore y sus hermanos, Vicente y Enza. Enrique nació en Turmero al igual que su hermano mayor, Vincenzo (Vicente), mientras que Enza (Vincenza) nació en Italia. El señor Salvatore llego a Venezuela en 1950 proveniente de Italia, de la Provincia de Lacio, frente al mar Tirreno. Allá dejo a su mujer y a su pequeña hija, mientras lograba estabilizarse en el nuevo país. Como muchos de sus paisanos y demás europeos venidos del viejo continente arrasado por la guerra, llego contratado por el gobierno, en su caso por el Ministerio de Obras Publicas (MOP). Lo ubicaron en El Trompillo, cerca de Guigue, en el estado Carabobo, uno de los refugios que habían dispuesto las autoridades para recibir a la inmigración europea. Salvatore había luchado en el frente Libio, durante la segunda guerra, defendiendo la colonia italiana en el norte de África que el Reino de Italia se había anexado en 1884, al igual que lo hicieron el resto de las potencias europeas con casi todo el continente africano. Así era como se gobernaba en aquel entonces. Con el arribo de Benito Mussolini al poder, la colonia italiana que estaba concentrada en el norte de Libia, se extendió a casi todo el país, razón por la cual había que defender ese frente del asedio alemán a como fuera lugar. También perteneció al Cuerpo de Carabineros o “Carabiniere” hasta que se perdió la guerra. Como tantos italianos que fueron devorados por la locura del dúo de la muerte, Hitler y Mussolini, no le quedo otra alternativa que huir hacia otro país que le diera lo que su patria, o mejor dicho, sus gobernantes embriagados de poder, le habían arrebatado: la oportunidad de vivir en paz y prosperidad en su tierra natal. Al año siguiente llegaron su esposa e hija, y una vez reunida la familia, comenzó un periplo por algunos pueblos del estado Aragua hasta que encontraron la tierra prometida, el lugar donde Salvatore pudo ejercer el oficio de carpintero: Turmero. Vivieron alquilados en varios lugares antes de comprar una casita, oportunidad que se presento cuando la familia Borgo puso en venta una casa en la calle Miranda, al frente de los Polanco y al lado de Los Carvallo, donde mudo su carpintería y acomodo a su familia.
MARIA INMACULADA
Corría el año de 1954, cuando un par de monjas pertenecientes a la Congregación de las hermanas Claretianas (Mercedes y Carmen) recién llegadas de España, fundaron una pequeña escuela, donde actualmente funciona el Liceo Libertador, que tan solo tenía dos salones de clases: uno para los primeros tres grados de primaria y el otro para los dos últimos grados. Allí estudio Enza hasta que el colegio fue mudado a la urbanización Los Nísperos, su sede actual. Surgía de esa manera, por la gracia del Espíritu Santo, el Colegio María Inmaculada de Turmero, que se ha convertido en un colegio de referencia a nivel nacional, de cuyas aulas han salido miles de muchachos que han vestido de gloria a nuestro pueblo, dentro y fuera del país. Ya para ese entonces habían nacido Vicente y Enrique, quienes completaron su educación primaria entre el María Inmaculada y el Grupo Escolar José Rafael Revenga, dos escuelas que para los hombres y mujeres de nuestra generación formados en ambas instituciones y que además sentimos el gentilicio correr por nuestras venas, es como una suerte de tatuaje que se lleva grabado en el pecho y que se exhibe con mucho orgullo.
A LA GUERRA
La casa de los Parravano se convirtió para mí y para muchos muchachos de la época, en un sitio obligado de reunión para jugar a la “guerra” con pistolas y fusiles que nos hacia el señor Salvatore, utilizando recortes de madera y clavos. Con esas “armas” los pequeñines nos transformábamos en sargentos, tenientes o capitanes que disparaban balas de fantasía que hacían tanto ruido, como el que podía salir de nuestras gargantas. Como la guerra era siempre entre alemanes y norteamericanos, ya se podrá usted imaginar amigo lector que nadie quería hacer el papel de los alemanes, porque los gringos siempre ganaban, según las series televisivas del momento. Pero en definitiva lo que nos importaba era jugar con los juguetes que nos hacia nuestro armero particular. También desde la carpintería salíamos a pasear por las calles del pueblo, compartir las experiencias de la escuela, hacer las tareas o simplemente ir a la plaza a entrenarnos en el deporte favorito de los venezolanos: hablar. Quizás en nuestro caso, por ser hijos de italianos, es posible que existiera un lazo invisible que nos ataba al mismo tronco, un vínculo adicional que iba más allá de la simple empatía que naturalmente tienen los niños para entablar amistad; porque cuando se es hijo de inmigrantes, se hereda de alguna manera la nostalgia de la patria ancestral, las costumbres y tradiciones de los “Nonnos” que aunque en muchos casos nunca los conocimos, la presencia se sentía en las fotos o en las cartas que papa o mama nos leían, cargadas siempre de besos y abrazos; o en los famosos paquetes llenos de golosinas que nos hacían llegar por intermedio de algún paisano que podía viajar y visitar a la familia. Ahora que los venezolanos han tenido que salir por millones en procura de lo que este gobierno autoritario, corrupto y criminal les ha negado, el recuerdo de lo que experimentaron nuestros padres de alguna forma se ve reflejado en las buenas o malas experiencias de nuestros coterráneos en tierras extranjeras; porque cuando se es inmigrante la nostalgia pasa a convertirse en parte del cuerpo que de alguna forma hay que ocultarla. Por eso el extranjero siempre muestra una gran sonrisa, una alegría contagiosa y unas ganas de trabajar hasta que el cansancio los derribe. ¿Y sabe por qué amigo lector? Para ocultar el dolor de dejar atrás la familia, los amigos y la patria querida; el dolor que produce la poca o mucha xenofobia que nos golpea injustamente y que reduce la condición humana a niveles deplorables. Pero no se me ponga triste amigo lector, porque esos inmigrantes y la generación que nació de sus entrañas en el suelo patrio, han dado grandes frutos en esta tierra de gracia, así como los venezolanos en el exterior están dando lo mejor de sí.
Mientras la niñez nos distraía, el país poco a poco se iba adaptando al novedoso mundo de la democracia después de más de un siglo de gobiernos militares, con un par de brevísimas excepciones, sorteando toda clase de intentonas golpistas, tanto de derecha como de izquierda, surgimiento de la guerrilla castro comunista y por si fuera poco, el gigante reto de reducir los grandes desajustes socio económicos heredados de la última, o mejor dicho, de la penúltima dictadura. Pero como éramos unos niños, el país que apenas empezábamos a conocer desde el salón de clases, se limitaba a la escuela, el hogar, el entorno y los amigos. Así de sencilla era nuestra vida como niños en Turmero, donde los ríos y acequias estaban a la vuelta de la esquina, el campo cubierto de árboles frutales, hortalizas y verduras estaban detrás del jardín de nuestras casas y las granjas, fincas y aras llenas de animales, se entrelazaban con las montañas que rodeaban al pueblo.
POR SIEMPRE REVENGUINOS
Es muy probable, casi que seguro, que tanto Enrique como Vicente hayan sido alumnos de mi mama en 4to grado; la terrible maestra Trina, la que corregía cualquier entuerto. Y ya sabrá por qué amigo lector. Mama y yo asistíamos a la misma escuela, solo que ella asistía en calidad de maestra y este servidor como alumno, diferencia que no aceptada términos medios de ninguna naturaleza. La ruta más cercana para llegar a la escuela pasaba por el frente de la casa de los Parravano, ocasión que muchas veces mama aprovechaba para pedirle al señor Salvatore un trabajo muy especial, tan especial que se convirtió en el proveedor oficial de todas las maestras, de unas reglas de madera que mi adorada madre o maestra, según fuese el caso, utilizaba como una herramienta de alto poder disuasivo que aplicaba (de ser necesario) sobre la palma de la mano, mediante unos “ligeros y sutiles golpecitos” para corregir una que otra desviación en el comportamiento de sus alumnos. Aquella terapia de choque muy común para la época, les juro que abría el entendimiento y ajustaba la conducta a velocidades 5G, la misma velocidad a la que viajaba la chancleta de la abuela o la correa de papa.
EL LLAMADO
Enrique y yo, junto a un montón de muchachos, fuimos monaguillos en la iglesia de La Candelaria mientras estudiábamos los últimos grados de primaria, hasta que ingresamos al bachillerato. Al terminar la primaria, esa rutina de levantarse a las 5:00 am para llegar de primero y poder ayudar en la misa de las 6:00 am fue sustituida, al menos en mi caso, por la de tomar el autobús que pasaba por el frente de mi casa a las 6:10 am, para poder llegar al liceo Agustín Codazzi a las 6:50 am, al igual que lo hacia su hermano Vicente y muchísimos muchachos que esperaban ansiosos el bus para llegar temprano a clases. Casi siempre nos concentrábamos frente a la iglesia esperando el famoso autobús que hacía la ruta Caracas- Valencia, los más veloces, o el bus que manejaba Juvenal, el amigo de todos, o el famoso “ventarrón”. Ya se podrá imaginar a que venía el apodo.
Al salir de 6to grado, Enrique se fue para el seminario menor en Los Teques y a partir de ese momento solo nos veíamos en algunas oportunidades. El tiempo pasó, Enrique abrazo con mucho amor y devoción la carrera del sacerdocio, su hermano Vicente se fue para Escuela Naval, Enza se caso con un buen hombre, el ítalo turmereño Mario Marinaro, y yo seguí los pasos de la familia que me condujeron hasta la universidad y luego al matrimonio.
Después de tantos años de andar y andar, tropezando siempre con la misma piedra, he podido entender a la perfección aquella expresión que escuchaba mucho de niño, cuando un joven se marchaba al seminario: “Fulanito decidió casarse con Dios”. Ahora Enrique, el hijo del carpintero, es monseñor y Obispo de Maracay, oportunidad que seguramente aprovechara para visitar con más frecuencia la iglesia de Nuestra Señora de Candelaria, donde cumplió con los sacramentos del bautismo, comunión, confirmación y orden sacerdotal. Su trayectoria como religioso dedicado a predicar la palabra y enseñanzas de Jesús, ha sido intensa, variada y muy importante, que lo ha llevado a ocupar importantes posiciones de gobierno dentro y fuera del país, como sacerdote de la Congregación Salesiana, teólogo, filósofo, profesor, Obispo Auxiliar de Caracas y ahora Obispo de la Diócesis de Maracay. Enrique, a quien de ahora en adelante llamaremos Monseñor, es un vivo ejemplo de lo que recoge el evangelista Mateo en su texto: Nadie es profeta en su tierra. Bienvenido a Turmero, Monseñor Enrique José Parravano Marino. Que Dios y la Virgen de La Divina Pastora, lo cuiden e iluminen en esta importante misión. Bendíganos monseñor.

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